El
Cautiverio feliz es un texto cuya materialidad ha vivido azarosamente. Originalmente estuvo compuesto por dos partes principales: un relato autobiográfico y un tratado político-militar. Desgraciadamente, esta última parte nos es desconocida ya que fue -literalmente- arrancada del manuscrito, conservándose sólo su índice. Con posterioridad a esto, Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán (1608-1680) elaboró un resumen tanto del relato como del tratado, fundamentalmente para facilitar la lectura de su texto. A todo este conjunto se agregan una serie de registros referenciales (índices sobre todo) que también se consideran, hoy por hoy, componentes de la obra. Cabe decir que ni el relato ni los registros ni el sumario fueron publicados en su época. El sumario había sido aprobado, pero -adivinen- ¡la hoja de aprobación fue arrancada! Aparte, sólo un comentario final. Ningún texto está libre de sus circunstancias. Edward Said dice que todos los textos son mundanos, es decir, viven siempre bajo ciertas condiciones históricas; creo que el
Cautiverio feliz es una prueba fehaciente de esta situación.
Por lo anterior, y como sucede con muchos textos coloniales, no es conveniente leer cualquier edición del
Cautiverio feliz. La mayoría de ellas están incompletas y, por lo mismo, pueden ocasionar una lectura y una interpretación sesgadas del texto. La
primera edición que se hizo estuvo a cargo de Diego Barros Arana en 1863, en el tomo III de la Colección de Historiadores de Chile; edición que se intentó fuese íntegra, pero que adoleció y adolece de varios
defectos. Además, Barros Arana fue quien dio inicio tanto al aprecio de la parte efectivamente narrativa del relato autobiográfico como al desprecio por las continuas "digresiones" que también forman parte de él (habría que discutir la denominación de "digresiones", pues ellas no dejan de vincularse a lo contado en el relato). Estos juicios se volvieron predominantes en las lecturas del libro y devinieron, de hecho, en ediciones que suprimieron las secciones disruptivas del texto de Pineda y Bascuñán: las de Alejandro Vicuña y Ángel Custodio González, ambas de 1948, y la de Álvaro Jara y Alejandro Lipschutz, de 1973. En tanto, en 1984 fue publicada, por José Anadón y Robert McNeil, la
Suma y epílogo, que corresponde al resumen que de su texto hiciera nuestro autor. Recién en 2001 se publica una edición crítica del
Cautiverio, la que incluye todas las partes que nos han llegado del texto (incluido el resumen) y que responde a un trabajo filológico de primera calidad efectuado por Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic. Les dejo los enlaces a sus tomos
I y
II para que puedan hojearlos.
Ahora bien, como ya se puede ver, el
Cautiverio feliz no es sólo relato. Según Walter Mignolo, su objetivo fundamental es persuadir, lo que no significa que debamos privilegiar ahora la parte digresiva del libro: relato y digresión forman un continuo, y así lo han entendido muy bien Carlos Díaz Amigo en su ponencia "Nuevas consideraciones para una relectura del
Cautiverio feliz..." (no tengo este estudio en digital),
Carmen de Mora y
Cathereen Coltters. Pues bien, siguiendo el parecer de Mignolo, Lucía Invernizzi, en su articulo
"Recursos de la argumentación judicial-deliberativa en el Cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán", estima que en su texto se hace mayormente presente el discurso del orador antes que el del historiador, cronista o novelista y que, en consecuencia, podemos analizar el texto desde la retórica, particularmente a partir de los géneros judicial (acusación y defensa) y deliberativo (consejo y disuasión). ¿A quiénes acusa y defiende Pineda? ¿A quiénes aconseja y disuade?, esas son las preguntas obligadas entonces.
Desde una lectura proindigenista (como la que llevan adelante, por ejemplo, José Anadón,
Gilberto Triviños y
Eduardo Barraza), la defensa principal pareciera ser la del indígena. Así, según Triviños, el
Cautiverio es un "libro que hace patente las verdades que no pueden ser dichas en el Reino de Chile [...] que los señores araucanos son clementes, piadosos, magnánimos. Naturalmente dóciles". Una muestra de ello serían las conversiones indígenas al cristianismo, conversiones hechas voluntariamente. Aquellas "verdades" contradirían el discurso colonial que construye al indígena cual bárbaro pagano e irracional, acusando a tal discurso de interesado y tergiversador, y acusando, también, a esos españoles que han antepuesto el interés personal al vasallaje real, que no han evangelizado persuasivamente y que se olvidan de premiar a los soldados que se juegan la vida por dios y por el rey (esas son las causas que han motivado, según Pineda, la dilación de la guerra). Roberto Castillo Sandoval, en un artículo titulado "Disfraces ajenos, propios espejos: los araucanos de Pineda y Bascuñán en su
Cautiverio feliz", señala que la defensa del indígena es en realidad una "manipulación" o "instrumentalización" del mismo, la que encubriría la verdadera defensa: la del criollo. Los acusados continuarían siendo los mismos, pero los verdaderos defendidos serían otros. Eso se fundamenta en que los consejos que da Pineda - los que, por cierto, van dirigidos al rey, el destinatario de su texto- estén orientados a posicionar a criollos y españoles de viejo cuño en cargos de poder. Ellos son los indicados para gobernar el reino: conocen sus males y saben cómo arreglarlos; conocen al indígena y saben cómo evangelizarlo correctamente; conocen y aman el territorio y pueden, por ende, administrarlo juiciosamente; actúan movidos por intereses públicos, no personales. ¿Cuál es la prueba de todo esto? El propio cautivo y su relato digresivo.
Creo que ya es suficiente. Ya están esbozadas las líneas principales del análisis que hicimos del texto. Sólo una pregunta: ¿qué serie de las propuestas por Vitulli y Solodkow permite leer mejor el
Cautiverio feliz: la del estereotipo o la del contraestereotipo?... ¿Será ésta una pregunta de prueba?...