I. La regularidad
de la Ilustración
Referirse
a la Ilustración —escrita en singular y con mayúscula— es una tarea
compleja dada la ingente cantidad de apellidos (“inglesa”, “francesa”, “española”,
“norteamericana”, etc.) y/o localizaciones geográficas (“en Alemania”, “en
Italia”, “en Escocia”, etc.) que tienden a acompañar al vocablo y que, paradojalmente,
en lugar de mantener su singularidad propician la pluralización del mismo; de
ahí “las muchas ilustraciones diferentes” de que habla Dorinda Outram (2009:
17). Por otra parte, considerar cada ilustración en los términos de una
absoluta peculiaridad volvería totalmente inadecuada la utilización del sustantivo.
No se trataría, entonces, de una ilustración sino que derechamente de
otra cosa.
Por ende, el hecho de apellidar el nombre implica, simultáneamente, el
reconocimiento de una relación tanto como de un distanciamiento, de una
afiliación y una desafiliación, de distintas variantes cruzadas por una misma
invariante, de una regularidad —al decir de Foucault (1979)— que da coherencia
a la dispersión discursiva.
Pues
bien, en primer lugar, ¿cuál vendría a ser esta regularidad en la dispersión o
esta invariante que gobierna los discursos ilustrados? Nos parece que una
respuesta satisfactoria a esta pregunta la podemos encontrar en el famoso
ensayo de Immanuel Kant “Was ist Aufklärung?” (“¿Qué es la Ilustración?”),
aparecido en diciembre de 1784 en la revista alemana Berlinische Monatsschrift
(Revista Mensual de Berlín). Allí, Kant define la Ilustración como “la salida
del hombre de su autoculpable minoría de edad” (1999: 17), entendiendo por
“minoría de edad” la incapacidad de servirse de las propias facultades intelectuales
y por “autoculpabilidad”, la cobardía y la pereza de renunciar a una autoridad
ajena en los dominios de la razón. Se sigue entonces que la Ilustración es
tanto un acto volitivo como un acto racional, además de un proceso en desarrollo
(Foucault, 1999: 338).
De
acuerdo al filósofo alemán, la condición primordial para que la Ilustración
pueda hacerse efectiva es “la libertad de hacer siempre y en todo lugar uso
público de la propia razón” (1999: 19), uso caracterizado por el empleo
docto de la razón ante el mundo de los lectores y en el que “la razón debe ser
siempre libre” ya que “sólo este uso puede traer Ilustración entre los hombres”
(1999: 20). En contraposición a esta práctica, Kant identifica un “uso privado”
de la razón según el cual ese mismo hombre docto, en tanto “parte de la
máquina” estatal, debe comportarse pasivamente y dejarse guiar por el gobierno
a fin de no perturbar el orden público. En este último caso “no está permitido
razonar, sino que se tiene que obedecer” (1999: 20); en el primero, en cambio,
la consigna en cierto modo se invierte: “¡Razonad todo lo que queráis y sobre
lo que queráis, pero obedeced!” (1999: 25). La obediencia es en ambos casos
necesaria y Kant lo estima así porque entiende que ésta es la única manera de
asegurar una finalidad pública al razonar. La Ilustración, por consiguiente, se
concibe como un proceso de desarrollo individual encuadrado en un determinado
sistema político, situación que, a su vez, permite que tal proceso se vuelva
colectivo. Dadas ciertas condiciones objetivas favorables (el aseguramiento de
la libertad personal; “la ausencia de toda persecución”, dirá Foucault), los
hombres pueden salir “gradualmente del estado de rusticidad por sus propios
medios” (1999: 24). Decimos que “pueden salir” y no que efectivamente “saldrán”
de ese estado puesto que —como ya lo hemos señalado— la ilustración es un acto
de voluntad. No hay solamente un determinismo externo sino también, y
especialmente, una determinación interna del sujeto. Es el propio sujeto quien
debe adquirir conciencia de su culpabilidad a fin de revertirla y poder
alcanzar la mayoría etaria.
Precisamente,
esta toma de conciencia crítica de la propia situación es —a nuestro modo de
ver— el punto nodal de la Ilustración en cuanto ella es la primera época que realiza sobre sí este
ejercicio y que se autoasigna un nombre (Foucault, 1985: 200). De este modo, el
Iluminismo se reconoce como el momento de emergencia de una problematización de
la actualidad, de la cual se forma parte y en relación a la cual hay que
situarse. Se trata, en el fondo, de la “crítica permanente de nuestro ser
histórico”, ejercicio intelectual que se reiterará desde entonces hasta
volverse la “actitud” o el “ethos filosófico” característico de la
modernidad (Foucault, 1999: 345).
II. “las muchas
ilustraciones diferentes”: la dispersión ilustrada
Pero
esta actitud emergente no viaja en soledad. Junto a ella circula un cuerpo de
ideas cuyo foco irradiador es fundamentalmente la Europa occidental del siglo
XVIII, ideas entre las cuales es dable destacar el intento de “destruir
una concepción religiosa de la vida” (Hazard, 1946: 2) que ya no es capaz de explicar totalmente la
realidad; el
predominio del método analítico y su aplicación en todos los campos del saber
(dando origen y permitiendo adelantos a varias disciplinas científicas); la
comprensión del hombre
como “un ser perfectible, capaz de progresar indefinidamente” y, por
consiguiente, “como un producto del medio social y de las instituciones”
(Escobar, 1980: 15); y la difusión de las teorías contractuales de la sociedad,
a partir de las cuales se entiende que ésta “no es el efecto de una institución
divina y ni siquiera natural, sino que su origen es meramente humano y
convencional” (Escobar, 1980: 30).
Ahora
bien, ¿se despliegan esa autocrítica y esas ideas de la misma forma en todas
partes? Pensamos que no; ya el hecho mismo de que la primera constituya una
crítica de nuestro ser histórico o una problematización de la actualidad
a la cual se pertenece da cuenta de los variados matices de desarrollo que puede
adquirir. En realidad, el desenvolvimiento de tales ideas y de tal “mecanismo
—como lo llama Agapito Maestre— a través del cual se constituye autónomamente
la razón frente a cualquier tipo de dogmatismo” (en Kant, 1999: XIII) dependerá
siempre de las características del escenario sobre el cual pretendan actuar.
Así lo deja muy en claro, por ejemplo, Dorinda Outram cuando sostiene, respecto
a la relación entre Ilustración y gobierno en el siglo XVIII europeo, que hay
una necesidad de juzgar aquel vínculo de una forma “más dinámica, menos
anacrónica y más sensible a la presión de patrones y situaciones regionales y
nacionales” (2009: 47).
A
raíz de esto es que, como lo sostienen a manera de ejemplo Daniel Carey y Lynn
Festa, “La Ilustración escocesa no replica la francesa o la germana como si
cada una fuera la expresión de una idea matriz” (2009: 7-8. Traducción
nuestra). En rigor —prosiguen estos autores—, lo que emerge en Europa es una
diversidad tal de expresiones locales del término “Ilustración” que precederla
del artículo definido “la” resulta engañoso. Por lo mismo, más conveniente
sería comprender este movimiento como “un estado de tensión intelectual en
lugar de una secuencia de proposiciones similares” (Judith Shklar citada por
Carey y Festa, 2009: 6. Traducción nuestra) o —siguiendo a Dorinda Outram— como
“una cápsula que contiene conjuntos de debates que parecen ser característicos
de las formas en que las ideas y opiniones interactúan con la sociedad y la
política” (2009: 17). En el ámbito europeo, entonces, no existiría —como lo
hemos intentado mostrar al caracterizar muy someramente las modalidades
francesa y española— la Ilustración sino que “muchas ilustraciones diferentes”.
2.1. Las
ilustraciones francesa y española
Los
casos de Francia y España son útiles para respaldar estas aseveraciones.
En
el país galo, los philosophes, apoyados por una
naciente burguesía y ajenos —en su gran mayoría— a la administración política,
tendieron a plantear críticas severas respecto de la iglesia, la aristocracia
o la monarquía y a proponer, por ende, transformaciones profundas para la
sociedad de su época. En España, en
cambio, las nuevas ideas no contaron —al menos no en un comienzo— con la ayuda
de una clase independiente y dispuesta a enfrentarse a los sectores sociales
más poderosos.
En el país ibérico los ilustrados tuvieron en contra
al sector alto de la nobleza, a las jerarquías eclesiásticas y al pueblo, por
lo cual su único soporte pudo ser una monarquía borbónica ansiosa por recuperar
la hegemonía perdida bajo el gobierno de los Austrias y que entendía que la
única forma de hacerlo era poniéndose al día respecto de los conocimientos
y avances que el resto de las naciones europeas iban alcanzando y utilizando.
En consecuencia, las propuestas de esta minoría ilustrada debieron atenerse en
todo momento a los dictados del poder real y a la estructura social imperante,
la cual no podía ser desarticulada a riesgo de generar una crisis política. Al
decir de Antonio Domínguez Ortiz, “los hombres del Absolutismo ilustrado hicieron
lo que en su tiempo y en sus circunstancias podía hacerse teniendo en cuenta la
época y las circunstancias. No podían contar con un fuerte apoyo en una
sociedad débil y muy alejada de cualquier radicalismo”, por lo tanto, “un cambio
profundo de las estructuras ni entraba en los planes de aquellos hombres ni
tenían medios de efectuarlo en caso de haberlo pretendido”.
Así fue como el Iluminismo hispano vino a caracterizarse por su nacionalismo,
su moderación, su adhesión a las ciencias útiles —en desmedro de las
especulativas, que podían atentar contra la corona y la Iglesia— y su
reformismo (manifestado en el aliento del comercio, la industria y el retorno a
una religión sencilla y apegada a las Escrituras).
2.2. La Ilustración
hispanoamericana
Hispanoamérica,
por su parte, inició la integración de las nuevas ideas en estrecho contacto
con la vertiente ilustrada española: “todos los pensadores criollos de entonces
se reconocen e identifican en el fondo común de la ilustración hispánica”,
asegura Mariano Picón-Salas (1944: 205). En efecto, su arribo se debió, por un
lado, a la acción de frailes y funcionarios hispanos que traían una mentalidad
innovadora y, por otro, al ingreso de textos españoles originales y de
traducciones, que permitieron la difusión de los conocimientos y postulados
modernos (Góngora, 1998: 179-188). Esto generó que el iluminismo hispanoamericano
se viera mediado también por los intereses monárquicos y eclesiales y que
adoptara, por tanto, rasgos moderados, prácticos y reformistas (Chiaramonte,
1992: XX; Soler: 1994: 108). Sin embargo, el nacionalismo que se propaló en
España no pudo ser reeditado en ultramar, ya que los sectores más letrados de
la población local —los criollos— sentían más apego hacia su tierra natal que
hacia la de sus ascendientes, además que sus intereses económicos diferían de
los intereses reales. Por ello, las ideas ilustradas fueron acogidas por éstos
—frailes incluso, que tuvieron acceso a textos de corte ilustrado gracias al
Real Patronato y a una monarquía adepta, en parte, al ideario iluminista— de un
modo más unilateral y acrítico, dando pie al surgimiento de una
“autoconciencia” y un “autorreconocimiento” (Roig, 1983: 82) que devendrán, a
la larga, en un distanciamiento respecto de lo español (de allí la crítica al
proceso de Conquista y la alabanza a los pueblos indígenas en algunos textos de
la época).
Pasemos
ahora al ámbito de la literatura hispanoamericana colonial de la Ilustración.
Lo colonial, en este caso, está dado por la fecha límite de 1810 e indica una
continuidad respecto de una dependencia política, económica y cultural que
hasta entonces —aunque con matices diversos— todavía se mantiene vigente hacia
la metrópoli española. Lo ilustrado, por el otro lado, brindaría una
connotación rupturista a esa literatura. Para Ana Pizarrro (1985: 32-35) el
Iluminismo es uno de los tres momentos que componen el llamado “Periodo de la
Emancipación” de la literatura latinoamericana, periodo definido por “la expresión
de una textualidad de contenidos concretos” y que se caracteriza por el quiebre
con la implantación colonial hispana, la búsqueda de una originalidad creadora
y la asunción de Francia como el polo cultural activo. De tal manera, la
Ilustración ve manifestarse esos contenidos antes mencionados en la formación
de una primera conciencia nacional, en la emergencia de la figura del “intelectual
iluminista” cuyos proyectos escapan “al estricto plano literario” y, en
relación con esto último, en la práctica de una literatura de carácter público
que estuvo “al servicio de la difusión polémica de las nuevas ideas” (Osorio,
2000: 25). Con ello, la noción misma de literatura se vio profundamente
afectada por el utilitarismo al que fue sometida y pasó a adquirir “un sentido
sumamente lato y bastante ajeno a las cuestiones puramente artísticas o estéticas”
(Osorio, 2000: 25).
Ahora
bien, ¿será posible pluralizar el concepto de “Ilustración hispanoamericana”? Tal
vez sí, tal vez no. No lo sabemos con certeza aún, sin embargo, ello no invalida
la formulación de tal interrogante; muy por el contrario, la incertidumbre al
respecto constituye un aliciente para intentar resolver el problema. Por
supuesto, no se trata de desconocer un régimen común de colonialismo bajo el
cual se hallaba sometido el subcontinente ni, mucho menos, de desatender
importantes estudios de conjunto como los de Mariano Picón-Salas (1944), José
Carlos Chiaramonte (1992), Ricaurte Soler (1994) y Mario Góngora (1998). Al
poner en cuestionamiento la denominación general de “la Ilustración
hispanoamericana” nuestra intención no es otra que ampliar la mirada crítica y
dar cabida a la posibilidad de la diferencia interna. Los pareceres de Shklar,
Outram, Carey y Festa acuden en nuestro apoyo, mas ya el mismo eclecticismo que
Soler y Góngora estiman característicos del Iluminismo subcontinental podría
brindar un primer sustento a esta postura.
La
pregunta es sugerente, empero, su complejidad excede los alcances de la
presente investigación. Aun así, no rehuimos completamente de su presencia en
tanto es a partir suyo que nos abocamos al examen de la Ilustración desarrollada
en la literatura chilena durante el periodo 1770-1810, problematizando acerca
de su carácter en relación con el Iluminismo literario hispanoamericano en general.
Dicho en otros términos, quizá más sencillos, la cuestión se reduce a lo
siguiente: esta Ilustración, allende lo meramente geográfico y siempre dentro
del ámbito literario, ¿se limita a ser sólo parte de un todo mayor (su homónima
hispanoamericana en este caso) o se manifiesta como una entidad distinta y, por
ende, relativamente autónoma respecto de aquella totalidad?